Octavio Paz introduce en su ensayo “El Arco y la Lira” que en el seno de la poesía “se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito”. Para el mexicano, la poesía es “locura, éxtasis, logos”. “Logos”, esta palabra en la cual la cultura griega encerraba lo que significaba el conocimiento: el “logos” reunía lo que nosotros conocemos separadamente como “conocimiento”, “estudio”, “teoría”, “saber”. Otros calificativos para la poesía son, según Paz, “Visión, música, enseñanza, danza, diálogo y monólogo”. He ahí una peculiaridad: que diálogo y monólogo estén reunidos indicando el significado de un mismo objeto cuando usualmente ambas palabras suelen usarse como opuestas. ¿Habrá allí un deliberado oxímoron? ¿Por qué no? La poesía lo admite. Es uno de sus recursos. Es una de los recursos estilísticos de la poesía misma. (Para quien no sepa, como, por ejemplo, yo mismo hace dos días atrás, el oxímoron armoniza dos conceptos opuestos en una sola expresión. Frases como “ruido sordo”, “lleno de vacío”, “oscura luz” sólo pueden tener sentido si hay sentido poético en su expresión.)
Paz dice, asimismo, que hay muchos poemas que físicamente se precian de ser tales por el hecho de ceñirse a las leyes de la métrica mas no lo son, sino que se tratan de ejercicios de “máquinas de rimar, pero no de poetizar”. Las palabras de estos hombres y mujeres no hablan de la configuración del hombre como ser en el espacio, sino la resolución de un estricto problema matemático cuya resolución está en el buscar qué junta con qué, razón y no alma. Es poema, estéril poema, pero había poesía. No hay belleza en sus intenciones.
Estos días he aprendido acerca de la creación y los apuntes tácticos de Manolito, el niño del almacén en “Mafalda” tenían razón: cuando una persona compra algo, realmente compra dos; primero, la que el vendedor le vende y, segundo, la que la persona cree que está comprando. El poeta ha creado algo distinto a lo que el lector puede leer. El poeta ha creado algo y el lector ha recreado en su imaginación. Las experiencias, su criterio y de un poeta lo han llevado a sus reflexiones hermosas. El lector se identificará con lo vertido, pero nunca verá lo mismo que el autor pensara anteriormente. No dejará de ser un creador el hombre que lee; hay un mundo maravilloso en la concepción que tiene de lo leído y es tan respetable y admisible la creación del lector que la creación del autor.




