Son las 9.30 de esta noche y camino por la estación terminal de la línea 5 del Metro: Estación Bellavista. Los chicos se acercan a abordar los últimos trenes de la noche a matar la noche que continuará más allá de las rejas cerradas de las estaciones. Hasta tarde.
Casas, discos y demases esperan reunir a varios de esos mismos sujetos con litros de gel sobre sus cabezas caminando. Cada uno ha domado a la escobilla como más se le antoja con este líquido auxiliar de una que otra rebeldía que poco les importa en un día cualquiera. Se prueban looks y aromas nuevos para buscar la gran noche, esa noche a la cual Salvatore Adamo cantaba en su famosa canción.
Las chicas no se quedan atrás en lo que a producción respecta, pero hay alguna razón por la que me dejan de ser llamativas en estas circunstancias. ¿Será que ellas siempre visten igual? ¿Será que lograron simplificar su clóset en ropas que sirven tanto para “matar” en una clase o en la vida de franco como para “matar” en una fiesta? ¿Será que ellas ya aprendieron a ser deslumbrantes en cualquier ocasión? No deja de ser muy probable.
Quizá nuestro género se ha reprimido tantos años con su clóset (tómese en cuenta que a tal punto ha llegado la falta de creatividad arrastrada por generaciones que pareciera que prácticamente nos vestimos uniformados) y salirse de aquella tara es algo que desde el momento en que aquello se desea se convierte en una tranca: la tranca de la vanidad, del ejercicio de este pecadillo del que todos hemos sido culpables alguna vez.
Un hombre común y silvestre no admitirá algo más que litros de gel y, a veces, una polerita apretada dentro de su ejercicio de la vanidad. Cualquier cosa aventurada en pos de buscarse un sex appeal en algún lugar de sí mismos es automáticamente descartada, so pena que sus otros amigotes que estén en el carrete (inclusive amigos de éstos) lo hagan tener fama de una de los dos apelativos más despectivos para un sujeto esmeradamente producido: “gay” (en el caso de pertenecer a un estrato homofóbico que tilda de homosexual todo lo que implique estar menos hediondo) o “galán de porno boliviana” (término racista que se emplea en los entornos gay friendly: sería un despropósito llamar a esta gente open minded, puesto que no es muy OM que digamos hablar así de los bolivianos). Sendos términos quieren indicar que el sujeto producido no tiene razón para tener pretensión (verbigracia, es derechamente feo) o que el sujeto producido es un potencial enemigo aquella velada (verbigracia, es demasiado bonito: los amigos del bonito se previenen de tener una derrota en el autoestima teniendo que randomizar al peligroso amigo).
La noche en cuestión, será el momento en que las chicas van a lucir igual que matadoras que siempre y los chicos tan atractivos como nunca: se han puesto la camisa más cara que disponían en el clóset (en las tiendas les costó hallarla y, encima, les dolió pagarla): cuando quieren algo de vanidad, las tiendas los discriminan y se cierra el círculo de la vanidad inalcanzable.





Petu Chumun Am ?