29.10CRÓNICA: No somos más que otro ladrillo

A saber, “The Wall”, al presentarse como un gran videoclip en duración largometraje, si bien carece de una línea argumental, cada parte de la película tiene un simbolismo que se relaciona con las otras fracciones constituyentes.

Partamos con los niños que cantan “we don’t need no education” pegados en una correa transportadora. Ellos dicen que no serán más que otro ladrillo de un muro. Pero qué implicaría ser un ladrillo: primero, significa que se asumen unas criaturas seriales (como cualquier producto en una fábrica corriendo por la misma correa transportadora pasando el control de calidad, en el cual el producto debe ser idéntico al precedente y al posterior para ser distribuido); segundo, el ladrillo es funcional a la construcción de algo más grande, ergo, el muro: lo mismo nosotros, que siempre estamos rindiéndole cuentas a algo superior, a una construcción mayor; tercero, el bloque es una masa dura y rígida, de la misma rigidez que se nos exige en nuestro diario vivir, donde se nos habla de la racionalidad como un valor elemental por sobre la emocionalidad; cuarto, el bloque —aparte de ser duro y rígido— es áspero: el concepto de áspero va muy ligado al de frialdad, por lo que nosotros seremos personas útiles a un sistema (el muro) en la medida que las pasiones se reduzcan al mínimo posible.

En suma, estamos en una sociedad-fábrica, heredera del legado de la inacabable y aún inconclusa Revolución Industrial. En dicha sociedad, nos presentamos como igual ante el otro; no igual ante el otro en tanto poseedores de los mismos derechos, sino iguales como individuos que deben asumir una similitud de comportamientos, regidos por una enfermiza normopatía, término acuñado por la psicología para referirse a esta humanidad sobreadaptada.

Al inicio, el niño que extraña a un padre fallecido en combate: siempre lo ha necesitado junto a él y busca cómo suplirlo. El padre está, de momento, en la figura del hombre que ha montado su hijo a la rueda del parque. El niño le pide a este hombre que juegue por un rato dicho papel, pero se ensueña demasiado con esa persona anónima y le agarra su mano para partir con él a un hogar más normal que el suyo propio. El hombre le dice que despegue al niño que despegue su mano de la suya: “ándate a tu casa”. Pero no quiere irse a su casa, quiere compartirle un padre a un hermano. Desea un afecto que le permita realizarse como persona, tal como lo indican las necesidades según Erich Fromm.

Posteriormente, vemos al niño que desea hacerse emoción, negándosele ese derecho de escribir poesía so pena de recibir la reprimenda del profesor y la mofa de sus compañeros. El arte, así como cualquier cosa que implique afanes estéticos y creativos (es decir, obras humanas ajenas a la racionalidad y provistas de una lógica íntima y original), será desestimado por esa sociedad que no atiende a nada más que la adaptación del individuo a esas reglas de la serialidad.

El mundo serial prohíbe al individuo consagrarse al arte (aunque cada vez es más tolerado). No puede ser algo que dé de comer y, si llega a hacerlo, llegará el día en que deba caer el hambre, porque ese quiebre de lo establecido tiene vida corta: no se puede sustraer al gran sistema. Ahí que el artista esté cortándose las venas en un instante de desesperación: ¿podrá durarle toda la vida lo que está haciendo si no tiene contratos ni pensión?

Eso fue un instante de catarsis, de desesperación, de locura, similar al de las groupies, que también están bañadas de dichos estados. Se encuentran en un estado orgiástico, una sensación que raya en lo sexual, el juego del flirteo, el acercarse a la fama, regalar la intimidad por morder una migaja del éxito del ídolo del momento. El apetito sexual de esas mujeres se desata. Ellas desean desligarse de las ataduras de la vida ordinaria, amando a hombres que distan de los posters pegados a la puerta del clóset. No les importa lo impúdico de sus sentimientos si es la aspiración amatoria la que está en juego. No quieren la frialdad de sus relaciones humanas y exploran una manera distinta de amar.

“The Wall” nos representa alegóricamente la miseria de nuestros tiempos, los dolores humanos a partir del sentimiento de insatisfacción y nos ofrece, una vez terminada, la pregunta abierta de qué hacer para poder hallar esa satisfacción, así como nos exhorta a buscar el origen de nuestras carencias.


  1. 1 Gabriela29 Oct 2005

    Agarraron nuestros valores y los distorsionaron completamente. Llevaron la igualdad al extremo hasta convertirnos en ovejitas incondicionalmente obedientes a los fines de un sujeto que tiene muchas caras y cada uno sabrá que nombre le pone. Somos ovejillas cuya alma fue llenada de preocupaciones aspiraciones artificiales… intentamos paulatinamante reconectar con el corazón… de la forma que podamos.

    Tu texto me recuerda mucho a un rebaño de ovejas.^^

    Saludos.


 

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