Hace medio siglo atrás, un derechista no habría tenido vergüenza de haber manifestado orondo que su esposa era una mujer de casa, cuya formación adolescente estuvo enfocada en aprender de protocolo, manualidades y cocina. En un almuerzo de club, con otros colegas de su mismo parecer ideológico, dicho derechista habría compartido con cierto dejo de escándalo junto a los demás comensales que su hijo mayor se está enamorando de una compañera de la facultad.
— ¡Compañera! —diría uno de los amigos.
— Sí, una mujer… Yo que siempre he querido que se enamore de una chiquilla que le sirva, que lo atienda. ¡Cómo va a estar con una mujer que aspira a hacer las tareas de un hombre! ¡No quiero que mi hijo termine siendo quien le haga la comida a esa cabrita! —habría sido la respuesta del afectado padre.
En estos tiempos, sin embargo, las razones de este ficticio padre afectado habrían sido fuertemente censurables y una que otra organización feminista o pro igualdad de género (que hoy en día son casi lo mismo) habría buscado la manera de funárselo. En la actualidad, nadie podría desestimar el legítimo derecho de una mujer de estudiar una carrera, desarrollarse profesionalmente y ocupar las plazas que se concebían para uso exclusivo de un hombre. El derechismo y el conservadurismo en toda su extensión han asumido como propia una lucha que en sus inicios promovían organizaciones principalmente avaladas por sectores izquierdistas.
La fallida candidatura presidencial de Joaquín Lavín enfatizó la necesidad de apoyar al trabajador y proporcionarle una legislación que sea más humana en lo respectivo a su desempeño laboral. Otra histórica lucha de la izquierda digerida por la derecha, como antes lo fuera el sufragio universal (sería de mal gusto que un derechista osara reclamar por el regreso al voto censitario) o la abolición del término “hijo ilegítimo” (muchos de quienes rechazaban la ley de filiación entonces deben estar padeciendo hoy una voraz amnesia).
¿Qué ocurre señores? Durante años los políticos de izquierda han tenido como tarea persuadir a los conservadores para que se adapten a los tiempos que corren. Independientemente de que esa persuasión desemboque en la aprobación de una ley o no, la derecha logrará entender el proyecto unos años más tarde y no entenderá por qué les parecía incomprensible en el momento en que la lucha estalla. ¿Por qué los conservadores tardan tanto tiempo en asumir lo que a la izquierda le valen años de lucha?
Un compañero del colegio me lo dijo un par de años atrás, “no hay pensadores de derecha”, y pareciera tener razón. Un pensador es un sujeto que prevé problemas y busca soluciones que no impliquen estancarse en estilos de vida tendientes a la caducidad. El derechista estándar (en Chile y en cualquier parte) es el último en aceptar las luchas… Y cuando acepta este “nuevo valor”, acaba de surgir una nueva discusión, tardará 20 años en digerirla y la aceptará nuevamente, nuevamente atrasado. Así las cosas, sería pertinente indicar que ser de derecha es tener una disfunción neurológica, porque ¡cómo tardan tanto en entender el mundo real!
En Inglaterra, el Partido Conservador intenta buscar una manera de desmarcarse del mote de retrasados y poco creativos que cae sobre la derecha: reclutan a Bob Geldof, el líder de la cruzada solidaria Live 8 y uno de sus más connotados directivos es homosexual.
Como para imaginar a la derecha chilena atreviéndose con los nuevos tiempos, jugando a adelantarse a los desafíos éticos y valóricos del mañana.




