Sendas encuestas han reiterado lo que ya todos hablan desde hace un buen tiempo: la sociedad chilena se está “destapando”.
Por una parte, está la encuesta publicada el pasado domingo por El Mercurio. En ella se patentiza un fenómeno del cual nos llegan noticias desde el Primer Mundo: la inexorable secularización de la sociedad.
A pesar de que la mayoría de los chilenos se manifiestan católicos (inclusive en el segmento de 18 a 29 años, donde los adherentes a dicha religión aún superan el 50%), se advierte que la tendencia va a la baja conforme la curva de la liberalización aumente generacionalmente. De hecho, la manifestación abierta del conservadurismo se advierte fuertemente discriminada por la población: ante la interrogante “¿usted cree que en Chile se discrimina a la gente con mucha fe y que vive de acuerdo a sus principios religiosos?”, el 51% de los encuestados responde afirmativamente, situación aún más evidente en el grupo socioeconómico bajo, en donde la cifra aumenta al 62% (si en su barrio, su vecino canuto es conocido como “el loquito de la cuadra”, sabrá a lo que me refiero).
Una contradicción manifiesta en el sondeo es la relacionada con la posición de Iglesia y Estado. Si bien los entrevistados sostienen su opción preferencial por un gobierno afín a la religión y a los líderes religiosos (58%), por otro lado sugieren que la Iglesia Católica se margine de la discusión de los temas políticos (este ítem sólo recibió un 31% de respuestas afirmativas) y es justamente en el manejo de los temas más polémicos de la discusión político-valórica en los cuales los sondeados ponen peores calificaciones a la Iglesia (derecho a morir, 4,7; aborto, 4,9).
Un punto controversial que señala la muestra está relacionado con las diferencias entre lo que quiere un católico en su religión y lo que obtiene en ella. El segmento de 18 a 29 años afirma en mayor proporción el alejamiento de la juventud en la religión (66%), hecho reforzado por la escasa participación del segmento sondeado en misas (75%). ¿Por qué el alejamiento? La respuesta puede estar en el deseo de los fieles en que el clero atienda a reformas tan necesarias como prácticamente imposibles: porcentajes cercanos al 50% piden que los sacerdotes puedan casarse y que las mujeres accedan al sacerdocio y porcentajes superiores al 70% solicitan a la Iglesia avalar el uso de anticonceptivos y demandan la tolerancia del divorcio.
Ante esta situación, el Obispo de San Bernardo, el Opus Dei Juan Ignacio González, afirma que “si la gente piensa así, capaz que nosotros tengamos la culpa por no haber predicado y enseñado lo que hay que enseñar. Si tenemos sólo a 5% que va a misa, cosa que no pasa sólo en Chile, habrá que hacer una mejor evangelización”. Tiene razón.
Primero, el clero católico ha cometido un gran error, evitar todo intento de aggiornamiento, suponiendo que los fieles mantendrán fidelidad irrestricta a sus planteamientos a pesar de que el mundo ha habido una revolución cultural en la última centuria contra la cual es imposible de sustraerse y demonizar cuando se convierte en “lo cotidiano” de las masas populares, incluso las que se reconocen católicas.
Segundo, la mejor evangelización no pasa por intentar persuadir entre los feligreses en semidesencanto un modus vivendi obsoleto, sino —como he dicho en el párrafo anterior— asumir la nueva realidad. La Iglesia no puede negar su condición de red social y todas las redes sociales son susceptibles de alterar sus orgánicas en función a los requerimientos de los componentes de la red: así hemos visto una red social como nuestro Estado, que ha pasado del sufragio censitario al voto universal y ahora nadie niega que el voto universal es lo correcto. Por lo que cuando la Iglesia alega la perdición de tolerar la anticoncepción, camina por la ruta equivocada: un planteamiento aceptado por tres cuartas partes de la población no puede estar mal (aquí entra el precepto de “convencionalidad”).
A menos que la Iglesia Católica siga resistiéndose a los nuevos tiempos, merced la preponderancia de los afines al Opus Dei en los cargos vaticanos estratégicos, reformados totalmente en más de 25 años de papado de Karol Wojtyla, queda la puerta abierta para que jesuitas y franciscanos, grupos actualmente marginados en el catolicismo, opten a formar una nueva Iglesia que dé la oportunidad de la fe a quienes se sienten cada vez menos identificados con una postura antimoderna.
El próximo post será la segunda parte, acerca del sondeo de la Fundación Futuro sobre la sexualidad de los chilenos.




