Seis meses y medio de gobierno de la
Presidenta Michelle Bachelet y no son pocos quienes desean sucederla en el sillón de O’Higgins. Algunos hombres ocupan un argumento machista-fascista para explicar la coyuntura: “Bachelet es débil… Por esto tanto entusiasmo con sucederla”. Una falsedad del porte de un tanque: Patricio Aylwin convivió con la disputa Frei versus Lagos por quién gobernaba a partir de 1994. Posteriormente, el ganador de la pugna (Eduardo Frei) daba por sentado que su otrora contendor (Ricardo Lagos) sería el próximo candidato presidencial del arcoiris.
El destape de candidatos a estas alturas del nuevo gobierno no debería ser novedoso si disponemos de una buena memoria (o de un buen registro histórico, en caso de los más jóvenes). Sin embargo, a diferencia de los años anteriores, hoy la Concertación no dispone de grandes próceres a quienes quemar en sucesivas contiendas presidenciales. Menos aún tras la irrupción del fenómeno Bachelet, donde fue la ciudadanía quien impuso su candidata y no a través de las cúpulas.
Justamente por lo indicado anteriormente, cae automáticamente un nombre: José Miguel Insulza. A su haber tiene la trayectoria ministerial más extensa de nuestra Historia, una notable habilidad negociadora y un sentido del humor de alto vuelo que compensa sus problemas de dicción. No obstante sus virtudes, el entusiasmo transversal de las élites chilenas de instalarlo como Presidente de la República suena a la extensión del concepto casi finado de la democracia de los acuerdos.
El candidato Insulza huele a cuatro años de salvaguardias al establishment, cuatro años más del dogma de “la medida de lo posible”. Muchos de los partidarios de Insulza dicen corresponder al laguismo, lo cual es muy diferente a ser partidario de la doctrina Lagos. Los primeros creen en la eternidad de la democracia de los acuerdos, muchas veces para tener la puerta abierta para negociar con otrora enemigos políticos; los segundos, estiman que Lagos hizo los suficientes acuerdos para acabar con la democracia de los acuerdos, siendo su sucesora la primera beneficiaria del “new deal” laguista. Este “new deal” consiste en el fin de las prerrogativas de las élites, a la vez que autoproclamadas policía de los ejercicios de Estado: ahora el debate se abre a la mayoría de los estamentos posibles y sólo triunfa el mejor argumento en el debate público, el que concita las preferencias mayoritarias.
De ahí que una candidatura reincidente de Ricardo Lagos suene extraña. Muchos de sus partidarios añorarían verlo gobernando en función a los acuerdos y concesiones de su sexenio, olvidando deliberadamente que el objetivo de dichos acuerdos era justamente enterrar un ejercicio obsoleto del poder… Además que Lagos sólo volvería a la presidencia en caso de que Bachelet hiciera un gobierno innegablemente impresentable.
LOS POTENCIALES
Si Bachelet alcanzara el éxito en su cuatrienio, es decir, si logra con éxito reemplazar la democracia de los acuerdos por el diálogo social, los candidatos indudablemente provendrán de sus bases.
La primera opción la tiene Nicolás Eyzaguirre, la mejor síntesis de laguismo y bacheletismo: confiable para las élites en cuanto Ministro de Hacienda de la administración Lagos y lo suficientemente fuerte como para enfrentar a las élites cuando se pasen de confianzudas. Comparte con Bachelet la confianza en los diálogos sociales, lo que lo instala como una buena opción de continuidad para el próximo periodo. Su punto débil es no estar en los ejes del poder: no es ministro ni parlamentario ni presidente de su partido; todos estos lugares, clásicas plataformas de difusión de candidaturas presidenciales exitosas.
En segundo término, se encuentra Paulina Veloso, la Secretaria General de la Presidencia, el más influyente miembro de gabinete. Veloso sólo podría ser candidata si dispone como plataforma política un ministerio más vistoso que la poco cercana Secretaría de Presidencia. Idealmente, el Ministerio del Interior, cartera cuyo nombre fue sondeado algún momento a la hora de reemplazar a un entonces saliente Andrés Zaldívar. Si Belisario Velasco cayera, la abogada socialista pasaría a anotarse en el listado de los presidenciables.
En ese caso, Veloso corre con mayores posibilidades que Ricardo Lagos Weber, el tercer potencial para las elecciones de 2009. Pese a su talento político, es demasiado cheque a fecha como para quemarse prematuramente.
La cuarta en la lista es Soledad Alvear. Demás está indicar los motivos por los cuales sería una buena Presidenta, pero una razón muy poderosa la tiene forzada a no instalar sus pretensiones sino hasta las elecciones de 2013: su escaño senatorial. Si bien Eduardo Frei asumió una senaduría el año 1990 para renunciar a los dos años, hoy por hoy una aventura de esa naturaleza no se le permitiría a Alvear. En una época donde está caliente la discusión de la representatividad parlamentaria, sonaría incorrecto que la DC proveyera por secretaría un reemplazante para Alvear para una situación no excepcional (como la defunción de Manuel Bustos o el arresto de Jorge Lavandero) por un lapso de cinco años. La Concertación, oronda por su lucha por la representatividad, no le daría a la derecha un árbol para tan buena y humeante leña.
De la derecha, ni hablar. El único candidato destapado hasta ahora, Pablo Longueira, no tiene posibilidad alguna de ser electo: cuando un sistema electoral exige más del 50% para ser Presidente, un político con un 60% de rechazo debería conformarse con asumir su candidatura como algo simbólico, testimonial, cual candidatura del Partido Comunista.
Actualmente, la derecha carece de planes, proyectos y programas comunes, defendibles por quienquiera sea el candidato. Tampoco existe en la derecha un político por quien cerrar filas (como Lavín hasta el año 2003). Así las cosas, todo apunta a celebrar el Bicentenario en un quinto periodo de la Concertación.