21.11ACTUALIDAD: La mexicana

En la jerga delictual, se le dice “mexicana” a la quitada de drogas entre pandillas rivales. Como las “mexicanas”, dos bandos políticos en México juegan a deslegitimarse el uno al otro a partir de unos comicios presidenciales espurios.

En una esquina, tenemos al conservador Partido Acción Nacional, el oficialismo, que en las pasadas elecciones llevó a Felipe Calderón, quien fuera Ministro de Energía de la administración de Vicente Fox y tiempo antes, un jovencísimo Presidente de su partido político. En la otra esquina, Andrés Manuel López Obrador, miembro del izquierdista Partido de la Revolución Democrática, otrora Jefe de Gobierno del Distrito Federal y simpatizante de Hugo Chávez way of life.

El pasado 2 de julio, Calderón y López Obrador eran los dos potenciales para conseguir la Primera Magistratura mexicana. Tan cerrada estaba la competencia que el conteo rápido se inhabilitó para declarar un triunfador. Luego, surgieron las sospechas de fraude electoral. El empate parecía sorpresivo cuando en todas las encuestas, el candidato izquierdista triunfaba holgadamente. Un par de días después, el Instituto Federal Electoral (IFE, equivalente a nuestro Servicio Electoral), revisaba todas las actas de cada distrito electoral del país. La sumatoria de los datos seguía confirmando el triunfo de Calderón.

Científicos denunciaron un fraude computacional a partir de la base de datos de la elección. Curiosamente, el dueño de la compañía que obtuvo la licitación de los conteos era Diego Zavala, ¡cuñado! del candidato oficialista. Se seguían impugnando los resultados del conteo del IFE. Las reclamaciones fueron delegadas al Tribunal Electoral, quien recibía por todos los medios la solicitud de hacer un conteo manual, voto a voto, de todas las papeletas del país.

Pese a las insistencias, el Tribunal Electoral admitió la existencia de un fraude, pero pequeño, que no revestiría una alteración significativa de los resultados finales. Se revisó un porcentaje reducido de mesas, el 9,07%. Y el reconteo confirmaba el triunfo de Felipe Calderón, a pesar de todas las suspicacias erigidas. Los partidarios de López Obrador levantaron carpas en el Zócalo, principal plaza pública de la capital mexicana, como señal de protesta.

Conforme pasaron las semanas, las posturas de cada bando se radicalizaron. El oficialismo insistía en reconocer la legitimidad de los comicios, pese al olor a fraude, y López Obrador llamaba a desconocer los resultados electorales, autoproclamándose Presidente legítimo. Ambos contendores se volvían locos en el proceso de autoconvencimiento de sus defensas.

Finalmente, López Obrador se hundió en su propia lucha. No pudo contra la maquinaria de la aparente legitimidad del proceso electoral presidencial. La aprobación del ex Jefe de Gobierno llega con suerte al 40% y su rechazo va en ascenso. Su figura se ha erosionado significativamente, en la medida que su retórica se parece cada vez más a la enfervorizada verborrea del Teniente Coronel de la Presidencia venezolana.

Las consecuencias dejan entrever las causas del fraude electoral. Los conservadores oficialistas temían de un López Obrador en la Primera Magistratura, que podía convertir a México en una nueva réplica del vilipendiado chavismo. Si bien es cierto que muchos no desearíamos a nuestros países convertidos en un criadero del populismo, no debe negarse a ningún precio la soberanía popular plasmada en los comicios.

Más de alguno podría justificar el fraude electoral: México viene de 71 años de la corruptela y degeneración política de los sucesivos gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Vicente Fox ha procurado la restauración de la democracia a lo largo de su sexenio y todo ese esfuerzo no se habría hecho para ser derribado por la vuelta al populismo. Acuñarían quizá ese concepto tan pinochetista de la “democracia protegida”.

Sin embargo, la voluntad de la ciudadanía se antepone a toda censura. Atentar contra aquella voluntad significa atentar contra las razones mismas de la autodeterminación de los pueblos, significa invalidar la conciencia de las mayorías por algún argumento exclusionista de una élite. La democracia significa respetar todo aquello que el Gobierno mexicano se ha saltado. Y si eso molestara, bien vale reflexionar el consabido dicho: “cada pueblo tiene los gobernantes que se merece”.


  1. 1 Jorge Enrique Díaz Pérez22 Nov 2006

    Por lo que he leído y escuchado, ni los propios mexicanos están de acuerdo con AMLO… Sería como un general sin soldados…


 

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