Estaba minutos antes de las 10 am en Ismael Valdés Vergara con 21 de mayo, frente al trailer de los músicos y de la niña, acostada en una chaise longue de dimensiones gulliverianas. Había gente, quizá unas 10 mil personas. Comenzaban las primeras rechiflas, indicio de la presencia del impaciente respetable. La gente comenzaba a acumularse por Ismael Valdés Vergara, desde su punta de diamante hasta Diagonal Cervantes. Los últimos vehículos que lograron pasar por la calle donde me encontraba quedaron presos de la muchedumbre inmóvil. En el frente, Cardenal Caro también era una multitud, llenándose poco a poco; minutos después, la avenida se parecía la calzada de enfrente. Hace rato superábamos las 50 mil personas.
Casi a las 11, una Presidenta Michelle Bachelet vestida en un traje azulino de estirpe FACH llegó a despertar a la niña. Desmontarla de su chaise longue y ponerla de pie fue una labor larga, cuya conclusión sacó aplausos. En cuanto comenzó a caminar, las vallas de contención cedieron por culpa de la masa espectadora que iba decidida a perseguirla, corriendo en dirección al puente de Avenida La Paz.
Por mi parte, decidí de momento marginarme de su recorrido. Mientras la niña se movía por Santa María hacia Recoleta, bajé una cuadra hacia el norte por calle Artesanos hasta la esquina de Recoleta. Mi plan era encontrarme con la niña frente a frente. Lo conseguí, si bien no tenía una cámara fotográfica que plasmase aquella cercanía. Estaba a medio metro de la niña, afirmado por una improvisada valla plástica (las clásicas de “Peligro”) que sostenía su escolta. En un ancho de medio metro, cerca de un centenar de personas intentábamos tener la mejor vista posible de la pequeña gigante, haciendo unos imposibles trotes saltados para no tropezarnos con las chanclas de quienes iban delante nuestro, entre incontables forcejeos.
Daban las doce y estábamos en Antonia López de Bello con Recoleta. Decenas de miles de personas apretujadas unas entre otras por una extensión de cuadra y media. No podíamos acercarnos, mucho menos salir. Recién un cuarto de hora después, recobramos el movimiento, aunque a lentos pasos. En total, se trataba de la increíble suma de 100 mil personas.
Regresé al centro. La multitud también se volcaba hacia la misma dirección. El Paseo Ahumada estaba convertido en un 24 de diciembre. Llenísimo, aunque esta vez no se trataba de tiendas, sino de lugares donde entretener las tripas. En aquel momento, este servidor hacía una escala en el Paradiso ubicado entre Agustinas y Moneda para consumir un barquillo de máquina a $ 400, la porción grande.
Avanzaba hacia la Alameda, buscando un teléfono público que cobrara $ 100 por llamar a un celular. A los cinco minutos me encontraba en una cabina telefónica intentando contactarme con mi amigo Ismael, con quien fuimos compañeros en 4º Medio y que también venía a ver a la niña. Le pregunté coordenadas; se encontraba en la Plaza de Armas. “Nos vemos en la estatua de Pedro de Valdivia dentro de diez minutos”, le señalé. Tardé diez minutos en hallarlo. Venía con un amigo.
Los tres nos dirigimos hacia el Parque Forestal para hacer hora. Acordamos no seguir la pista de la niña en la segunda tanda. Nos quedaríamos de punto fijo en la Plaza de Armas para ver con claridad su escala final. El Forestal, lleno de gente. Muchos hacían picnic para matar el rato. Nos dieron las 3 pm y fuimos al supermercados por unas bebidas para matar la sed y antes de las 3.30 estábamos en la Plaza nuevamente.
Estábamos en el extremo de la vereda norte de Catedral, al costado de una torre de parlantes. Mientras tanto, aproveché de pechar baño frente al Museo Histórico Nacional (considérese que las calles estaban entre vallas, los baños del centro cobran y la única alternativa gratis estaba en Bandera con Moneda). Minutos después, un trío de gringos (dos chicas y un hombre) veinteañeros pasaba por nuestro costado, buscando algún café donde detenerse. Les explicamos de las barreras, que la torre de parlantes impedía pasar a la próxima esquina, que si querían salir debían devolverse hacia 21 de mayo, luego tomar Rosas, doblar en Bandera y ahí enfilar hacia Compañía, libres de las rejas. Sin embargo, les hablamos de la niña y decidieron quedarse a verla. Esperaron dos horas para ver lo mismo que nosotros. En el intertanto, Ismael, su amigo y yo sacábamos a relucir nuestro dominio del inglés en una conversación.
Llevaban una bolsa con el último número de The Clinic. Les expliqué sobre la actualidad política de nuestros días, de cómo la figura de Augusto Pinochet aún dividía a los chilenos, les contextualizaba los artículos del quincenario y se largaron a reir cuando les explicaba que alguna vez The Clinic publicó cada número una sección llamada La Caca, donde se reseñaba la mierda a partir de sensaciones, texturas, olores, colores y dolores.
La niña aún no llegaba. Eran las 6 pm. Por sí sola la Plaza de Armas congregaba a unas 30 mil personas. Los gringos se habían olvidado del café. Nos contaban que los únicos cafés que encontraron en abundancia en el centro eran los cafés con piernas. “Wherever you see a café with black glasses, you’re in front of a café con piernas“, les explicaba.
El gringo también era un adepto de OK Go, a quienes ya había ido a ver en un concierto. Le pregunté si acaso replicaban sus coreografías en vivo. Me dijo que cuando los fue a ver no. En esos instantes había llegado una amiga de mi amigo. Bastante linda ella y con buen sentido del humor.
Minutos después, una mujer camino a la setentena puteaba al gentío que esperaba a la niña. “Qué hacen estos huevones perdiendo el tiempo en huevás y una no puede cruzar la calle, por la chucha”, rezaba la veterana. Cuando estuvo obligada a devolverse, grité fuerte el clásico grito de Patty Cofré, “y agradezcan que soy una dama”. La veintena de personas que nos rodeaba se mataba de la risa. Y tuve que contextualizarles a los gringos todo el incidente.
Más tarde que temprano, llegó la pequeña gigante. Saludaba a todos quienes la esperábamos. Ya en el rincón preparado para ella, el volumen de la música comenzaba a subir lo suficientemente fuerte para que lo oyera toda la plaza. Como estábamos frente a la torre de parlantes, el ruido se volvía ensordecedor, vibrante y perforaba cabezas. La niña comenzaba a bailar al ritmo de la música y hasta saltaba por el aire, lo que causaba los gritos y los aplausos de los asistentes. Luego de aquello, los liliputienses (como la compañía Royal de Luxe bautizó a los encargados de darle vida a la muñeca) comenzaron a acomodar a la niña en su cama king size. Una vez recostada, le cambiaron su vestido verde y le pusieron uno rosado, la arroparon y se dio por terminada la jornada del día viernes.
Mañana a las 10 am, la niña se levantará de su cama en la Plaza de Armas y se dirigirá hasta el Parque Forestal. Tomará su siesta y comenzará un nuevo trayecto hacia la Plaza de la Constitución, donde según lo detallado por Radio Cooperativa, “sostendrá una reunión de trabajo para determinar los pasos a seguir de cara a su intento por capturar al rinoceronte cuya búsqueda de este viernes no llegó a puerto”. Nos vemos mañana.
FOTO cortesía de Diez AM, quien consiguió muy buenas fotos del periplo de la niña.





