Por cerca de dos años, debimos aceptar agregarle más tiempo a nuestros ya extensos viajes, pero lo aceptamos como parte de un proceso que a la larga nos iba a beneficiar. El Metro acortaría nuestros tiempos hacia los puntos más importantes de la capital, por lo cual no protestamos contra el sacrificio de reducir nuestros tiempos de sueño, bañarnos en la noche para ahorrar tiempo e incluso optar por desayunar en los puntos de llegada.
El Metro finalmente se inauguró y quienes vivimos en Puente Alto recuperamos gratamente el tiempo perdido.
Actualmente, son millones de personas quienes deben enfrentar unas demoras de tiempos similares a las de los puentealtinos debido a la implantación del Transantiago sin estar este debidamente consolidado. Sin embargo, el ánimo popular ha estado lejos de esa mezcla de estoicismo y optimismo que vi mientras hacían la línea 4. La gente no asocia los inconvenientes de la puesta en marcha de Transantiago con una mejor calidad de vida, sino con un camino al despeñadero.
¿Cuáles han sido los factores para asunciones disímiles de escenarios similares? A comparar: en 2003 nuestros medios y líderes de opinión en ningún momento cuestionaron al Metro, básicamente por tratarse de una de las empresas públicas más prestigiadas —junto con Codelco, Banco Estado y TVN—. Transantiago, en cambio, se trata de un proyecto novísimo, recién instalado y carente de marcha blanca.
Como cualquier cosa puede escribirse sobre una página en blanco, el nuevo plan de transportes capitalino ha recibido duras críticas atolondradas por parte importante de nuestros líderes de opinión, quienes han procurado instalar en la opinión pública un miedo irracional a un escenario desconocido, al extremo de vaticinar el fracaso del sistema sin acusar mayores fundamentos. Ni siquiera han querido otorgar el beneficio de la duda, apoyados al menos en la reputación de las empresas operadoras del sistema —con la sola excepción de la ineptitud de la concesionaria Redbus y la vergonzante administración en las empresas de Manuel Navarrete—.
En consecuencia, la situación comunicacional desarrollada ha impedido a los santiaguinos asumir estas demoras en sus tiempos de viaje como la transición hacia una mejor calidad de vida. Aunque todos los días se informe que las autoridades instruyen a los responsables del sistema a fin de lograr la calidad exigida, la gente ha preferido creerle a los apocalípticos.
Ahora bien, ¿cuáles son las motivaciones de estos profetas de las calamidades? Primero, todos aquellos profetas buscan cosechar réditos políticos, por cuanto el éxito de Transantiago implicaría un seguro triunfo de la Concertación en los próximos comicios municipales, parlamentarios e inclusive serán un factor decisivo en las presidenciales, al residir en la capital dos quintos del electorado. Por lo tanto, propiciarle zancadillas a la puesta en marcha del nuevo plan tiene la clara intención de impedir que el oficialismo siga triunfando.
Temiendo que las acusaciones de corrupción no hagan mella a la coalición del arcoiris, la oposición busca torpedear cualquier éxito del Gobierno, para que el Gobierno no tenga motivos para decir que son mejores que la oposición.
Segundo, el enfrentamiento de los modelos económicos. Otros líderes de opinión han cuestionado al Transantiago por el hecho de tratarse de un negocio cuyos actores privados están supervisados bajo la férrea tutela del Estado. Valoran nostálgicos la desregulación casi total existente en las micros amarillas, aun habiendo derivado ésta en el servicio público peor evaluado.
Estos prohombres del liberalismo económico desatado no pueden concebir un mundo en el cual pueda existir una alternativa al dogma aprendido. Si ya les provoca urticaria enterarse que los países con los más altos índices de desarrollo económico y humano son aquellos en donde el libre mercado queda supeditado a las reglas del Estado —y no a la inversa—, el éxito de Transantiago los haría enfrentarse a la inutilidad de la añosa divisa “laissez faire, laissez passer, que le monde va de lui même” (1), porque su Chilito querido ha podido funcionar con esa economía modernilla a la que tanto aborrecen. (Y la vehemencia con la que estos personajes defendieron su teoría por tantos años, los inhibe de asumir el fracaso de ésta, aunque lo tengan en sus propias narices.)
Estas dos vertientes tienen muy buenas razones para que Transantiago no tenga éxito.
(1) Del francés, “deje hacer, deje que pase, que el mundo no dejará de marchar”.






