Empieza el año académico en las universidades. Entran los novatos, mechones, como les llamen. Durante la primera semana, los pasillos están en la expectativa de convertirse en cadalsos de los recién llegados, prestos a ser decapitados por kilos de mierda y podredumbres cortesía de la casta verduga del segundo año.
Por lo general, el estudiante de segundo año forma parte de este improvisado comando militar, alentado por una sed de revancha por la batalla del año anterior. Léase “eterno retorno”: una situación circular, donde los integrantes se renuevan, pero el escenario siempre es el mismo. En consecuencia, cada nuevo año los campus universitarios juegan a emparentarse con Kabul.
El departamento de buenas ideas rechazadas de Inmunda Beach, en su atenta contribución a un “mechoneo en buena”, cuestiona el espíritu PUC otorgado a esta iniciativa, el cual ha desvirtuado la carga semántica del empeño en la creatividad por el canuterismo pastoral y limítrofe con el espíritu de Ned Flanders.
El principal error de las milicias carreristas (de la carrera universitaria, no de los hermanos Carrera, claro está) ha sido concebir el mechoneo como un desquite histórico, en lugar de atender su fin principal: la recaudación de fondos para el paseo a Cartagena.
Por buscar los olores más pestilentes del mercado, las milicias han cometido un gran error de marketing: olvidar que se atraen más moscas con miel que con hiel. Entre media mañana y la hora de almuerzo, las calles de la ciudad son frecuentadas por la dueña de casa mayor de 35 años en trámite bancario/médico/compras varias y por los empleados de oficina en hora de colación. Mejores objetivos para una colecta, por cuanto disponen de un mejor poder adquisitivo que los indiferentes jóvenes del segmento entre 15 y 25 años.
Mientras la dueña de casa no se acercaría a entregarle monedas a un muchacho a quien habría preferido mandar a las duchas con grito de coronela, el oficinista puede venir de comer, por lo cual los olores emanados por el joven mechón provocarían un asco potencial, un poco de ganas de vomitar o al menos una acidez estomacal. La repulsión implica menos dinero en la recaudación final.
Además de la repulsión, es preciso luchar contra las creencias arraigadas del colaborador potencial. El colaborador potencial es reacio a contribuir con el mechoneo, pues muchas veces lo considera propio de gente imbécil dejándose maltratar por gente imbécil. De este modo, se empata al joven universitario con la mendicancia inverosímil.
Otro factor a considerar: los mechoneos desafortunados difundidos por los noticieros estelares han puesto al colaborador potencial a la defensiva. “Yo no voy a dar darles una moneda. No me interesa contribuir a la continuación de esta cadena de salvajía”.
¿Acaso no se puede ser creativo sin ser agresivo? Por cierto. Se puede ser divertido sin festinar a expensas de la inmundicia ajena. Y sin canutear. Debido a que este texto se está extendiendo demasiado, me comprometo a entregar ideas de dominio público para “mechoneos” como Dios manda como la gente civilizada.
(ACTUALIZADO: Domingo, 19:20) Ya está disponible la segunda parte del “Mechoneo en buena”.