Un tipo equis despertó una mañana creyendo haber soñado la máxima revelación durante la noche. Llámese José Smith o Ron Hubbard. Después de aquella epifanía, transcribieron sus pareceres, profetizaron de ellos. Otros tantos anunciaron sus novedades cobijados en un credo preexistente, para no ser mirados con recelo, como Josemaría Escrivá de Balaguer o un Marcial Maciel, creando entes paralelos al catolicismo.
(Por lo general, los hombres buscamos a Dios, como un pretexto para refugiarnos. En consecuencia, evangelizar no resulta tan difícil.)
Si en pleno siglo XXI, alguien despierta de la mayor epifanía de su vida, estaría pagando el pie de su camisa de fuerza. A los gurús que nos sobreviven, los tenemos desacreditados. Mientras no haya un peritaje psiquiátrico que nos demuestre lo contrario (o un aparato medidor de fe), los miramos por debajo del hombro, jactándonos de nuestras añosas creencias.
Hoy estamos más suspicaces, reducidos a creer en las epifanías de años oscurantistas. Cualquier otra prédica huele a pobre charlatanería. ¿Será que cuando no existían las máquinas, los profetas estaban más cerca de Dios?









